El Haragán

Gerardo nació en una familia acomodada. Yo lo miraba con envidia porque él tomaba leche con cacao y tostadas con dulce de leche todas las tardes, mientras que yo tenia que arreglármelas con el mate cocido y pan duro. Pero igual nos hicimos amigos, y yo iba siempre que podía a su casa, que se me antojaba el palacio de las maravillas.

Luego al hacerme un poco más grande, fuimos compañeros inseparables en la escuela. Aunque ahí ya empecé a notar que tenia un defecto. Y si se los cuento, señores, es porque creo que a él no le importa, porque todavía es mi amigo.

El defecto suyo es que era haragán. No un haragán cualquiera, sino un haragán haragán, de esos que no les gusta hacer nada.

Ya a fines del secundario le tuve que sacar las papas del fuego para el viaje a Bariloche, porque no trabajaba con nosotros para conseguirlo. Y yo lo cubría, avalaba sus mentiras de que estaba enfermo, le ayudaba a inventar falsas excusas. Pero algo me molestaba, aun queriéndolo tanto. No hacia nada. Nada.

Recuerdo que en Bariloche, cuando todos subimos la cuesta, con trabajo, él subió a lomos de un caballo, porque le dijo al guía que era hemofílico y se podía lastimar si se caía. No sé con que cara lo habrá mirado el otro cuando se calzo los esquíes y empezó a bajar.

No le gusto esquiar... mucho trabajo. Fue el ultimo deporte que hizo en su vida. Ni siquiera el paracaidismo le gustaba, y eso que en el paracaidismo la fuerza la hace la gravedad...

Creo que su manía fue empeorando con el tiempo. Cuando nos fuimos a estudiar yo fui a La Plata, y el se fue a Bs. As., a estudiar ciencias políticas. Decía que el mejor trabajo era ser político, sin esfuerzo y mucha plata.

Lo volví a ver hace dos años y me di cuenta de que había empeorado muchísimo. Estaba muy gordo, y ya no seguía estudiando. Estaba todo el día encerrado en su casa tirado en la cama. No se como, convenció a sus padres de que estaba enfermo, así que una sirvienta le servia la comida y le lavaba la ropa. El solo estaba en su cama, tirado, mirando televisión.

Cuando yo lo vi, él estaba desenvolviendo un paquete.

- ¡Hola Gerardo!

- Hola negro, ayudame a sacar este paquete que esta muy duro

- Bue... a ver... ya esta, es que tenía un cinta... ¿a ver que hay?

- Es un coso que compre en el llame-yá, son electrodos que te los ponés en el músculo y te da pataditas y te lo hace contraer, entonces el músculo trabaja y se mantiene en forma.

Che! ¿Pero porque no salís a correr?

Me miró mal.

- ¿Tás loco? ¡mucho trabajo!

En el último tiempo ya era el colmo, no quería mover ni un dedo, no quería hacer un esfuerzo. Creo que estaba seriamente enfermo (de la cabeza), pero yo solo creí que eran bobadas de niño mimado.

Cuando lo volví a ver, estaba comiendo un sandwich de milanesa. Era gracioso verlo poner el sandwich en la licuadora, licuarlo, y luego tragarlo con cuchara (es mucho esfuerzo masticar). Hizo ir a la muchacha que le estaba leyendo un libro (para que no se fatigue pasando las páginas) y me invitó a sentarme con una seña de la cabeza.

- ¿Que haces, varón? - me dijo con esfuerzo.

- Y... acá ando, estaba de paso por capital y te pase a visitar. ¿seguís en la cama todavía?

- Y.. qué se le va a hacer... no querrás que me fatigue, ¿no?

- No, pero me parece que te vendría bien un poco de aire puro... y de actividad física.

- Es que estoy enfermo, tengo mielosis degenerativa - me dijo. Era bueno para mentir. Estoy seguro que la chica que salió y le leía libros creía firmemente que era ciego.

Miré de reojo un tubito que salía de debajo de las sabanas.

- Es una sonda urinaria... me hacia mal el esfuerzo de hacer que salga el pis.

Salí corriendo.

Tuve noticias de él un tiempo mas tarde. Me enteré que estaba con un respirador artificial. No sé si porque le hacia falta, o porque era mucho esfuerzo respirar para él.

Nunca creí que le iba a pasar lo que le pasó. La noticia me dejo sorprendido.

Lo que le paso fue que.... ahummmm.............

Mejor se los cuento otro día.

Me dió pereza.

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Diego Rodriguez
diego@redhumanista.com.ar

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